La ingenuidad del personaje más emblemático de Miguel de Cervantes es un tema poco recurrente en la mayúscula cantidad de investigaciones realizadas en torno a El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. De hecho, son más habituales los textos que abordan la ingenuidad de Sancho Panza, escudero del autoproclamado caballero. En vista de esta falta, este ensayo tiene como objetivo abordar la ingenuidad del hidalgo como vía para la comprensión no solo del personaje, sino también de la riqueza literaria de la obra insigne del barroco español. Para ello, se analizará el tema de la ingenuidad tomando como marco de referencia aspectos generales de la obra que se fundamentarán en fragmentos de momentos donde se ejemplifique el tópico de análisis.
Hablar de esta historia que marca el inicio de la novela moderna es una tarea necesaria en los entornos literarios, debido a su relevancia en distintos niveles de la cultura. Con el simple hecho de tomar en cuenta los más de 400 años de antigüedad en contraposición a su trascendencia a través de los siglos, esta obra deja entrever su importancia para el mundo culto. Esto confirma la responsabilidad de seguir analizando con lupa cada aspecto que de ella subyace. A pesar de esto, no se registra un trabajo que pueda dar cuenta de la ingenuidad de tan complejo personaje del quehacer literario. Entonces, a su vez, esto permite afirmar que este es un abordaje pionero sobre la aclamada novela de Cervantes.
La premisa de la obra apunta directamente a que no se trata de ingenuidad lo que afecta a don Quijote, sino locura. Representa un punto válido tomando en cuenta que es la información predominante sobre el personaje y que su edad y estructura física no propician otra cosa más que el desequilibrio. No obstante, y siguiendo la narrativa de la locura, la ingenuidad del hidalgo es, más que nada, un efecto de esta falta de cordura. Se desconoce a nivel clínico o científico qué padecía, pero esto no nubla que no todas las personas que presentan desequilibrio mental son ingenuas o actúan bajo los efectos de ella. Es más común que afectados por la falta de cordura adquieran, entre otras cosas, actitudes agresivas o erráticas. En medio de esa gran cantidad de otras cosas, se encuentra la ingenuidad que de don Quijote se apodera. A saber, así como para otros el efecto puede ser aturdimiento, agresividad o pérdida de memoria, en don Quijote fue una amplia ingenuidad.
En ese sentido, importa traer a colación que la locura de donde deriva esta cualidad es movida por razones atípicas a las comunes. Básicamente, su locura es consecuencia de ensimismarse en la lectura y de sus sueños frustrados con los actos de caballería, versados en sus libros:
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo (Cervantes, 2003, p. 39).
Por supuesto, el hambre y el sueño son factores que no pueden ignorarse en el desarrollo de su locura, pero es el ensimismamiento en la lectura lo que provoca la mayor dificultad y tiene efectos más visibles en el hidalgo. Tan solo hay que observar cómo se enfrasca en las historias de sus libros. Dígase, su locura propició la obsesión con el mundo de la caballería porque fue justo la lectura de libros de caballeros lo que más fundió su otrora mente sana.
Solo es necesario apuntar que la ingenuidad de don Quijote se manifiesta con aquellos actos de honor propios de los caballeros de sus libros. En sus numerosas salidas, el valor de la palabra adquiere un protagonismo que, aunque noble, no le ofrece al hidalgo los mejores resultados respecto a sus metas. En la siguiente escena, por ejemplo, donde don Quijote ordena a un hombre dejar de golpear a un criado simplemente con la autoridad de su palabra, este se va contento porque le prometieron que harían tal cual dijo; sin embargo, después de su partida, sucedió lo opuesto:
Y, asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios, veréis cómo no desface aquéste; aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos temíades (Cervantes, 2003, p. 72).
El cumplimiento de actos heroicos y las acciones de buena fe terminan de componer la tríada que lleva nuestro personaje a lo largo de la obra. Evidentemente, todos actos de honor relacionados a
la caballería. Solo que acá resulta menos idílico, pues se interpone la poca cordura, el carácter realista de la vida y, sobre todo, la sátira hacia estas inverosímiles historias de hombres gallardos que destripan enemigos y se engalanan como máximas autoridades. Cervantes hace mucho bien a su propósito satirizante creando a don Quijote con creencias pueriles y poco probables, pues es todo lo opuesto a lo que un caballero realmente es: astuto, menos influenciable y competente. Además, a pesar de que los caballeros son muy idealizadores, son más prácticos que este personaje. De modo que hay un claro contraste entre los actos de honor propiamente dichos y los actos de honor de don Quijote. Dicho contraste toma lugar por esa ingenuidad que no le permite ver al autoproclamado caballero más allá del rosa.
Ese idealismo cegador hace al personaje sufrir las más variadas peripecias. Desde los primeros capítulos de la novela, lo vemos implicado en una serie de situaciones que, incluso, afectan su integridad física. Se puede mencionar el conflicto vivido por confusión en el local del ventero, la golpiza recibida por el mozo, la quema y tapia de sus libros… En fin, la lista se extiende. Pero el caso que requiere de especial atención es justamente el relacionado con uno de los momentos más icónicos de la novela: los molinos de viento. Para este punto de la historia, ya se encuentra acompañado por Sancho Panza, quien trató de explicarle la desfachatez que pretendía realizar.
En su locura, el oriundo de la Mancha confunde unos molinos de viento con gigantes y se empecina en la idea de que estos son malvados adversarios que debe derrotar armado con sus armas y valentía. Aquí su imaginación toma relevancia, ya que hasta ve las aspas como brazos de gigante en movimiento. Sin embargo, no es su imaginación o confusión de molinos con gigantes lo que lo hace ingenuo, sino el hecho de creer que él podría derrotar a varios gigantes solo con su gallardía:
-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas… (Cervantes, 2003, p. 109).
Interesa notar cómo el mismo Quijote admite que va a una pelea desventajosa cuando habla de «desigual batalla», pero su ingenuidad —y seguridad— no le deja ver que no logrará salir victorioso. Y es así como, una vez más, don Quijote termina herido al ser lanzado por el viento tras tratar de embestir un gigante que, en realidad, era el aspa de uno de los molinos. También interesa notar que todo esto le sucede por no atender a las advertencias de Sancho, quien siempre vio la realidad de los grandes mas no gigantes molinos de viento.
Personajes como el de este escudero son sumamente útiles para desentrañar el interesante universo alrededor de la ingenuidad del Quijote. No sucede porque este sea más o menos ingenuo (o astuto), sino porque las mayores conversaciones y acciones que ejecuta el hidalgo lo involucran, por tanto, funciona como un marco de referencia. Es por medio de su relación con Sancho que vemos extrapolar su poco juicio. En muchas oportunidades, la intervención del escudero es la voz de la consciencia y la lógica que el ingenuo Quijote simplemente no puede percibir. No hace falta siquiera citar un ejemplo específico para entender este hecho, puesto que la novela por entera está plagada de ellos.
Ahora bien, si el personaje del panzón escudero alumbra mucho sobre las oscuros senderos de la ingenuidad de don Quijote, más lo hace el de Dulcinea del Toboso. Empezando por el hecho de que este siquiera es su nombre real, sino el nombre que su amante le da, y terminando por el hecho de que es él el único que ama. A saber, el amor y devoción que le profesa a Dulcinea no son movidos por la correspondencia romántica; son movidos por puro gusto, ilusión e idealización. Es, a los ojos modernos, una actitud muy infantil, ingenua finalmente; pero también es absurda a los ojos de su época porque lo suyo con Aldonza Lorenzo (nombre real de Dulcinea) va más allá del quererla o admirar su belleza. Este enamorado tiene a esta mujer colocada en un pedestal tan alto que casi le quita el puesto a Dios. La lleva como insignia en cada contienda, recurre a ella cuando está desvalido, feliz, orgulloso e incluso enojado. Hace que la gente la proclame la más bella mujer en la tierra y todo esto bajo el desconocimiento de la dama.
Por supuesto que son acciones muy aunadas al ejercicio de caballero: siempre debe tenerse una dama a quien admirar y profesar devoción; solo que don Quijote extrema este hecho como todas las demás acciones de caballería, donde su ingenuidad permea y guía todo el camino.
En suma, la ingenuidad de don Quijote es un tópico que se expande en la novela e implica muchos factores del proceder caballeresco. No podría hablarse del autoproclamado caballero sin mencionar su locura, pero tampoco podría hablarse de él sin considerar que su ingenuo accionar lo condujo a las contiendas más complicadas, a los hechos más satíricos y a las situaciones literariamente más interesantes.
El hidalgo de la Mancha quedó desabotonado de la cabeza por sus libros de caballería y, cómicamente, el desequilibrio no le propició ser un típico caballero. Por el contrario, propició una ingenuidad tan grande como su deseo de combatir el mal obrar del hombre. De esta manera, su pretensión gallarda y heroica se nubla con el pueril intelecto que le brota de los poros y le descontrola las manos.






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